15 mar. 2010

Granotes al foc.

JOSÉ LUIS GARCÍA NIEVES.


[Trenet a Vallejo. L'informatiu.com, 12-3-2010]

La paulatina desaparición del Llevant UD de la esfera pública durante las últimas décadas tiene un reflejo muy evidente en las Fallas. Basta percibir la agotadora presencia de simbología merengue para comprobar que el Valencia CF ha sabido imbricarse en la fiesta hasta confundirse en el paisaje: actos oficiales, verbenas, monumentos… en cada rincón de la ciudad se intuye estos días la huella del equipo del régimen.

El Valencia CF es la valencianía y, por extensión, sus tradiciones. El Llevant UD, reducido a la anécdota desde hace años, trata de recobrar con el centenario su merecida cuota de protagonismo en las fiestas. Así algunas iniciativas. Como la del Premi Granota, que se otorgará al mejor de entre los monumentos que hayan dedicado al decano algún ninot o escena de su falla.

La relación entre las fallas y el fútbol viene de lejos. Ya en los primeros años veinte, cuando el fútbol comenzó a insinuarse como la locura colectiva que acabaría siendo, el juego y sus interioridades se convirtieron en fuente de inspiración para los artistas. En 1923, casi un tercio de los 41 monumentos plantados en la ciudad tuvieron en el foot-ball uno de sus ingredientes temáticos. El Llevant FC se acababa de trasladar al Camp del Camí Fondo; y Valencia CF y Gimnàstic FC recogían los bártulos para estrenar Mestalla y el monumental Stadium Valenciano del río Túria.

En aquel 1923 la ciudad ya había asistido a las primeras concentraciones en torno a un partido de fútbol. En Algirós y en la Soletat. Y aquel deporte que apuntaba a fenómeno de masas competía con los toros como entretenimiento popular de referencia. La ciudad crecía y sus clases medias experimentaban con las nuevas formas de ocio. Una docena de fallas hablaron aquel año del enfrentamiento entre la tradición recalcitrante y el moderno sport.   Se decantaron por los toros. Pero la desconfianza de la fiesta hacia el nuevo deporte apenas duró un suspiro.

Entre 1923 y 1925 Mestalla y el Stadium reventaron literalmente con cada derby y la ciudad entera se dividió entre merengues y gimnastiquistas. La Valencia tradicional capituló y las Fallas asumieron aquel deporte como una forma más de relación entre los valentinos, sujeta por tanto a la parodia y el escarnio. Según nos cuenta Miquel Nadal en El nacimiento de la ciudad deportiva, en 1925 dos monumentos representaron la rivalidad entre Gimnàstic FC y Valencia. Una de estas fallas hurgaba en la herida granota tras el histórico 7-1 que el Valencia endosó al Gimnàstic. El club jamás se recuperaría de aquello y un monumento, plantado entre las calles Pi i Margall y Cirilo Amorós, no reparó en detalles. Así rezaba la explicación:
Habla ella de dos clubs futbólicos de no importa qué región,  y mezcla entre el abigarrado molde de sus figuras de cartón,  una garrida valenciana que se consuela con merengues ante la rotura del devantalet, que muestra un siete desconsolador...”

El Llevant FC, escorado hacia la fachada marítima, tenía a sus acólitos en comisiones de raigambre cabanyalera, como la de la calle Escalante. Ellos le dedicaron su monumento de 1935, el año en que se convirtió sin discusión en el mejor club de la actual Comunitat Valenciana. La obra de los maestros Silvestre y Escrivà mostraba a un futbolista levantino transmutado en rey —corona y cetro en ristre— haciendo tragar balones sin compasión a un sapo gigante que representaba al Gimnàstic FC:

La Falla que aquí se encuentra  tiene más de un pelendengue 
Dice lo que hizo el Levante Al Gimnástico y… “Merengue”. 
R. Juan

Todo eso, claro está, ocurrió antes de la Guerra, cuando nociones tan exóticas como la rivalidad movían el fútbol valentino. La incomparecencia granota en la elite desde los sesenta dejó el camino expedito al equipo único en todos los ámbitos de la realidad. Bien haría el Llevant UD por recuperar su lugar en la hoguera. Sería otro paso más hacia la tan deseada normalidad.

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